SALA 2

Textos de sala escritos por Sofía Villena Araya

El papel es un material noble, del cual poseemos memoria. Como notas, en el papel recorren nuestra cotidianidad y aprendizajes; como documento, en el papel recorren las grandes historias y mitos. Alejandro Rambar potencia la capacidad de significado de este material cercano y universal y lo transforma en una metáfora de vida. La obra de Rambar ofrece un lenguaje colorido, danzante y con sofisticado movimiento, mediante el cual pensar nuestra construcción identitaria, individual y colectiva. Los afectos destacan en esta reflexión, bien sea desde la felicidad, el deseo, la ilusión y el orgullo, así como la ausencia y el dolor. Su obra interpela, acompaña y se dirige a la complejidad y diversidad humana.

Sus obras aparecen como imágenes icónicas, representativas de los derechos humanos; este logro ha sido reconocido y galardonado por el Estado costarricense y organismos internacionales. Pero como el video en la obra “Rasgado” atestigua, también acumulan significado como rituales y vivencias. Este aspecto procesual se construye como topografía, articulando la escala del cuerpo con la del territorio: la identidad como relieves en transformación material constante.

Los hilos serpentinos se curvan y entrelazan en el espacio vacío. Estos seducen las cálidas luces iniciando un ritual de sensualidad. Las sombras se despiertan. Ellas salen a bailar y se proyectan sobre las paredes como finas y sinuosas líneas. Como espectáculo nos envuelve. El bosque nos abraza y sus materiales de tonos cafés y ocres despiertan los sentidos -la vista, el olfato, el oído y el tacto.

Probando combinaciones de flores, cuerdas, ramas, hojas y otros materiales, Alessandra Sequeira teje instalaciones de gran escala. Su obra advierte de una gran destreza manual y un pensamiento complejo, que no se separa del cuerpo y la práctica del ser. El trabajo de Sequeira ha madurado como una búsqueda intuitiva y sustanciada en distintas ramas de la filosofía occidental y oriental, ciencias como la neurología, así como un acercamiento respetuoso a cosmovisiones ancestrales.

Jose Pablo Morales se acerca al arte como un científico. Por medio de una observación atenta, experimentación constante y bitácora, Morales articula lecturas sobre la actualidad del arte: ¿Cómo el conocimiento químico transforma las formas de producción artística? ¿Cómo las nuevas tecnologías digitales transforman nuestra experiencia social del arte? Química y tecnologías digitales: estas son las dos grandes áreas con las cuales trabaja, difuminando los límites entre el arte, las ciencias y la tecnología.

Las obras que expone son parte de un diálogo mayor que integra una dimensión estética, pictórica y experiencial-sensorial con lo experimental y analítico. De esta manera, la abstracción -como lenguaje reconocido dentro de la pintura- se renueva con la interdisciplinariedad; es decir, con un largo y dedicado proceso de estudio y colaboración, humana (con científicos) y otros-que-humanos (con sustancias y medios tecnológicos). Su obra deriva en una expansión de las posibilidades de creación y pensamiento que descentralizan al humano, para reconocer la agencia de lo material y virtual.

Cada obra de Alejandra Montero es un cuento mágico; es una síntesis de elementos que nos sumergen en mundos de fantasía de los cuales historias brotan. Ilustración botánica, fauna, humanos, seres míticos y objetos se encuentran y entrelazan en espacios placenteros, de espíritu onírico y bañados en luz y tonos pasteles. Su obra es la ilusión de la imaginación que se nutre con la literatura. Montero colabora con editoriales, dando trazo y color a las maravillosas narrativas de escritores reconocidos a nivel latinoamericano. En su obra, vemos resonancias con grandes artistas del surrealismo, Remedios Varo o Leonora Carrington, quienes confabularon mundos al aventurarse e investigar con la magia, alquimia, astrología y psicología. La obra de Alejandra es un portal a los sueños y una disposición a mirar el mundo desde la sensibilidad de las estrellas, el juego y la mística.

La obra de Emmanuel Rodríguez nos incita como público a asumir el rol de detectives. Las fichas técnicas que acompañan su trabajo suelen extenderse con múltiples y detallados pies de página. Estos textos -sospechosamente inusuales y con frecuencia pensados como secundarios- muestran un interés por aquello que se inscribe en los márgenes, por las historias que solo han quedado como apuntes y fragmentos. Por medio de pequeñas pistas es como Rodríguez ha acumulado una voluminosa obra compuesta de rumores, imágenes encontradas, documentos al borde del olvido, entre otras.

Escondidas en esta acumulación de palabras, objetos e imágenes, Rodríguez halla coordenadas para una historiografía contemporánea; un método que sugiere relaciones inadvertidas e interpretaciones plurales. Una fiebre de archivo impulsa la obra y, a su vez, un cierto deseo iconoclasta, un deseo de apropiarse, tachar, manipular y yuxtaponer las imágenes. Este deseo iconoclasta hierve con la posibilidad de otras historias. Es así como su trabajo nos ofrece un índice de relatos a descubrir, capítulos ignorados de la Historia.

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